Arte en las comunidades: una pared como proyecto común

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En un barrio de Caracas, tres consejos comunales llevaban tiempo trabajando por su comunidad sin coordinarse entre sí. Los tres sectores compartían el mismo entorno, conocían las mismas calles, vivían los mismos problemas. Pero operaban como mundos separados. Lo que los reunió fue la decisión de pintar un mural juntos.

La propuesta del mural fue iniciativa de un grupo de jóvenes. Lo que siguió fue más que pintura. Se organizaron cuatro equipos —para el mural, la sopa, el cotillón y el cine en la platabanda1— y en esa jornada la comunidad descubrió que podía coordinar cosas que nunca había coordinado. Hoy en la pared del sector puede leerse: “Venezuela: cada escalón un barrio y cada barrio una historia”. En las escaleras, los nombres de los sectores del municipio. Personas de otras zonas se acercan a verlo.

Esta historia condensa parte de los procesos que hemos acompañado durante cuatro años: más de 100 murales en 10 estados —Anzoátegui, Aragua, Distrito Capital, Lara, La Guaira, Mérida, Sucre, Táchira, Yaracuy y Zulia—. Además de los números, estas acciones dejan una experiencia repetida: es posible hacer el bien de modo colectivo. Que una comunidad puede acompañarse, tomar decisiones juntas y producir algo que le pertenece a todos. Que el tejido social no es una abstracción: es lo que queda después de que se seca la pintura.

Antes del primer trazo

Hay un momento anterior a la pintura que quienes coordinan el programa reconocen como uno de los más valiosos: la planificación del mural. Esa reunión en la que la comunidad decide qué quiere decir y cómo. No hay pinceles todavía, no hay pared intervenida. Hay personas sentadas frente a un papel en blanco, hablando de lo que les importa.

“El momento de planificación se ha vuelto muy significativo porque es un espacio en el que la gente puede drenar”, explica un facilitador de este proceso. “Durante las planificaciones salen sentimientos, deseos, cosas que cotidianamente las personas no dicen.”

En Lara, la mayoría de los grupos quería hablar de la libertad de Venezuela —directamente, sin rodeos— y, al mismo tiempo, comprendía que nombrarla así podía exponerlos. Entonces le dieron la vuelta a los temas: buscaron imágenes y metáforas que dijeran lo mismo de otra manera. Ese proceso de traducción colectiva —de lo que cada uno quiere expresar a lo que todos pueden decir juntos— es, en sí mismo, un ejercicio de comunidad. Requiere escucharse, ceder algo y encontrar un lenguaje compartido.

La primera barrera que aparece, casi siempre, es más sencilla pero igual de importante: “yo no sé pintar”. Y se suma otra: los recursos. “En el momento de la planificación la gente también se frena cuando piensa en los recursos que se necesitan. Entonces comienzan a pensar en cómo conseguirlos o en cómo ahorrar; replantean las propuestas, se van ajustando”, sostiene otro facilitador en Anzoátegui. La negociación sobre recursos —quién consigue la pintura, quién presta la escalera— es también parte del proceso de construir comunidad.

Luego llega el muralista que guía el proceso creativo, llega la motivación del equipo y el ánimo cambia. El entusiasmo aparece, las ideas se multiplican, la propuesta se aterriza y el trabajo fluye. “Muchos reconocieron que tenían un talento para la pintura que nunca habían puesto en práctica”, cuenta el facilitador de Aragua. “Es un espacio donde tú ves cómo se da la camaradería, la solidaridad. El trabajo en equipo es palpable.”

Lo que la comunidad decide decir

Los murales no son decoración. Son posicionamientos. Cada uno lleva dentro un proceso de decisión colectiva sobre qué le importa a esa comunidad en ese momento. Los temas que han aparecido en los últimos cuatro años abarcan el cuidado del ambiente, la igualdad, la no discriminación, los derechos laborales, el acoso, el rol de la mujer, los derechos de los pueblos indígenas, la importancia de la familia. También, con frecuencia, el deseo menos fácil de expresar: la libertad.

En 2024, en el marco del Día Mundial de la Verificación de Información, siete murales —en Aragua, Distrito Capital, Lara, Sucre, Anzoátegui, Mérida y Zulia— transmitieron la metodología DDBC: Detente, Duda, Busca y Coopera. La iniciativa surgió de la red Ecos en cada región y apuntó a contener la circulación de desinformación en un contexto político especialmente cargado.

Un padre católico participó en una de esas jornadas y resaltó la importancia de transmitir esa metodología a su comunidad. Calificó la jornada como colaborativa, participativa y positiva. Que una parroquia católica haga suyo un mensaje sobre verificación de información —y lo plasme en una pared— dice algo sobre la capacidad del muralismo de crear alianzas inesperadas.

En Aragua, siete señoras elaboraron sus propios diseños de franelas. Destacó uno: una mujer con cabello abundante y la palabra Libertad. La imagen no necesitó debate: fue el primer impulso de esa comunidad. En otra localidad, históricamente identificada con la revolución bolivariana, sí se debatió su mensaje con intensidad. Los participantes propusieron, al final de la jornada, un diseño contestatario: unos puños cruzados y la palabra libertad. Después de una discusión, libertad fue reemplazada por una lista de valores. El debate mismo importa: esa comunidad negó su propio mensaje y llegó a un consenso. Eso, en ese contexto, es un logro.

Pintar, aunque cueste

Terminar un mural en condiciones difíciles no es un acto individual. Requiere que todos en el grupo confíen en que los demás no van a retirarse, que van a aguantar la incomodidad, que la obra vale el esfuerzo. Es decir: requiere exactamente la clase de confianza que el proceso de pintar juntos también construye.

En Anzoátegui, la policía llegó mientras la pared, las brochas y las pinturas ya estaban dispuestas. El abordaje fue intimidatorio, dirigido especialmente a los coordinadores de la actividad. La gente se sentía nerviosa, pero no desistió. Después de conversaciones tensas y de actitudes que hacían sentir inseguros a los participantes, parte de la comisión policial se retiró; la otra permaneció durante toda la jornada. Al final, gracias a la actitud del equipo y de los líderes comunitarios, la tensión bajó, el trato con los funcionarios fluyó y el mural se concretó.

En otra ocasión, en Mérida, la policía pasó varias veces por el lugar. Al mediodía, algunos funcionarios se acercaron al grupo preguntando por qué usaban esa pared. Los vecinos explicaron que era una pared privada, que tenían el permiso del dueño y que habían informado al consejo comunal. Minutos después se sumaron los jefes de la Unidad de Batalla Hugo Chávez de la zona, que recomendaron tomar fotos del boceto para demostrar que no era ningún mensaje político. Llegaron a estar seis funcionarios esperando instrucciones de sus superiores. Cuando se les preguntó cuál era el protocolo oficial para solicitar un permiso de mural, no supieron responder: ese procedimiento no existía. La comunidad terminó su obra.

En otra comunidad del mismo municipio, funcionarios del CICPC pasaron dos veces, en motocicleta, por el lugar donde se realizaba el mural, lo que generó temor en varios vecinos. Sin embargo, siguieron el trabajo y culminaron la obra satisfactoriamente. El mural en cuestión era el que cerraba semanas de formación en derechos humanos. Terminarlo no era solo terminar una pintura.

En Táchira, donde los murales han continuado sin episodios de represión directa, la presión adopta otra forma. Durante una sesión de planificación, los participantes compartieron sus ideas en tono jocoso: “hasta el final”, “Venezuela libre”, “fuera el régimen”. Lo decían sabiendo que no podían llevarlo a la pared. Reírse juntos de lo que no se puede decir es también una forma de confianza; establece una complicidad que solo existe entre personas que se sienten seguras unas con otras.

Cuando el mural se convierte en otra cosa

En Yaracuy, después de las elecciones presidenciales de julio de 2024, la situación se agravó al punto en que “no se podía hacer ni un pancartazo. Las detenciones eran el pan nuestro de cada día.” Se suspendió la actividad por razones de seguridad. Hacer murales ya no era posible. Entonces decidieron hacer franelas.

Con el apoyo de una instructora de manualidades, los participantes dibujaron un globo terráqueo sostenido por dos manos: la universalidad de los derechos humanos cargada por quienes trabajan. Exhortaron a no callar, a defender. Los activistas hablaron del mundo educativo en telas que podían llevar consigo: franelas donde aparecían los derechos humanos y el aula como espacio de dignidad. En otro municipio, un sector cuyo acceso desde la autopista estaba militarizado, la comunidad pintó una mano con una antorcha en su interior —símbolo de la libertad— y, dentro de la llama, derechos. También plasmaron un molino, que es el símbolo que identifica a esa comunidad. La franela era suya de un modo que quizá un mural público no podía ser.

En Aragua, después de que la gobernación ordenara borrar tres murales sin dar explicación —murales pintados por personas que durante semanas se habían formado en derechos humanos—, los vecinos respondieron de la misma manera: franelas. Siguieron el proceso, siguieron aprendiendo, siguieron produciéndose mensajes. La obra no desapareció con los murales borrados.

En Caracas, la decisión de no pintar una pared disponible fue tomada por los propios vecinos, por temor a que grupos afines al gobierno dañaran el trabajo. En su lugar, hicieron un estandarte para usar en eventos con escuelas y grupos organizados. Durante la elaboración del boceto surgió un debate inesperado: alguien propuso incluir imágenes de guacamayas. Las aves habían adquirido una carga política que nadie planeó: aparecían en fotografías del candidato presidencial Edmundo González Urrutia alimentándolas, y eso las había convertido, en algún grado, en símbolo de la oposición. El grupo debatió. Los detalles importan cuando lo que está en juego es la seguridad de las personas.

En Zulia, los murales realizados contaron con la colaboración estrecha de los consejos comunales en varios municipios. También allí el contexto postelectoral de 2024 llevó a buscar otras formas. En una comunidad el grupo elaboró pañoletas en defensa de los derechos humanos.

“Recuerdo perfectamente cómo la gente ponía allí con témperas lo que soñaban y querían”, dice una de las facilitadoras. “Era muy bonito saber que luego de haber finalizado la actividad ese símbolo, que no era público sino personal, tú lo podías colocar en tu sala, en tu cocina, en tu nevera, en alguna parte de tu casa, y ahí te iba a recordar tus sueños, y que había una posibilidad y una oportunidad de una vida digna.”

Lo que esas franelas y pañoletas documentan no es solo una estrategia de adaptación ante un contexto restrictivo. Es la evidencia de que el vínculo construido durante el proceso no depende del soporte. Cuando se borra un mural, se borra la pintura. El grupo sigue.

La pared que permanece

En Caracas, grupos afines al gobierno habían borrado murales de vecinos y escrito mensajes propios sobre ellos. Sobre la dirigencia comunitaria pesaba un ambiente de hostigamiento. El grupo decidió pintar de todas formas, pero eligió bien la pared. Escogieron un viejo tanque de agua en desuso. El tema: prevención del consumo de drogas, un mensaje que nadie podía objetar. El texto que acordaron —después de matizar bastante la idea original para evitar retaliación política— fue: “¡Abraza la vida! No seas débil y esclavo. Tú decides lo grande que puedes ser, en el camino que te queda por recorrer.” El grupo usó figuras con cadenas sueltas para promover valores positivos frente a la vida. El mural está intacto. Personas de otras comunidades van a verlo.

La misma calle que permite un mensaje sobre la vida puede castigar con allanamientos un dibujo de niños volando papagayos. En otra zona de esa misma parroquia, el proceso no tuvo la misma suerte. El boceto tenía como elementos niños jugando, haciendo deportes, sembrando un árbol, volando papagayos. El mensaje se centraba en valores y derechos humanos. Cuando el grupo realizaba las mejoras de la pared para pintar, los grupos afines al gobierno dieron varias vueltas gritando frases intimidatorias. Se acordó esperar a después de las elecciones del 28 de julio. Las amenazas se materializaron: se allanaron casas de participantes; algunas personas fueron detenidas. La propuesta del mural se transformó en una actividad artística virtual. La comunidad encontró cómo seguir.

También en Lara hubo una comunidad que no llegó a pintar. Un grupo de líderes con el que se desarrolló el proceso formativo estaba conformado mayoritariamente por líderes sindicales que reclamaban el respeto de derechos constitucionales. Comenzaron a ser perseguidos. Varios tuvieron que resguardarse. El grupo se desarticuló. Ni siquiera se llegó al momento de la planificación del mural. Que eso quede registrado también es parte del balance: hay comunidades que quisieron y no pudieron, y eso no cancela lo que construyeron durante las semanas de formación.

Lo que queda cuando se seca la pintura

Entre 2022 y 2025, Espacio Público ha acompañado más de cien historias como estas. Algunas terminaron en grandes paredes pintadas que hoy reciben visitas de otras comunidades. Otras, en franelas dobladas en un cajón, que guardan el símbolo de lo que alguien soñó. Algunas no terminaron en nada visible.

Pero en todas hubo un momento en que personas que no se conocían bien —o que no se coordinaban, y decidieron sentarse a hablar de qué querían decir juntas. Hubo un proceso en el que alguien que nunca había pintado descubrió que podía. Hubo negociaciones sobre el mensaje, sobre los colores, sobre quién conseguía la pintura. Hubo jornadas en las que todos aguantaron juntos una incomodidad que, solos, habrían sido incapaces de enfrentar.

El tejido social no se construye en abstracto. Se construye en actos concretos de confianza, de coordinación, de producción compartida. Un mural —o una franela, o una pañoleta, o un estandarte— es uno de esos actos. La pared es el resultado visible. Lo invisible es lo que más importa: la experiencia de que es posible hacer algo bueno de modo colectivo y de que eso es de todos y todas. 

Foto principal: generada por IA

  1.  Techos de las casas en los barrios populares.[]

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