Gabriela Pérez es una mujer que perdió a cinco familiares en el doblete sísmico del 24 de junio: su madre y cuatro hijos en Caraballeda, estado La Guaira, en esta tragedia natural que no solo enlutó a una región, sino al país entero.
Le quedó su hija mayor: Sabrina, sobre quien ahora se sostiene para seguir adelante. Es de hablar pausado y, aunque su rostro denota agotamiento, su actitud y pensamiento demuestran lo contrario. Con esfuerzo propio y ayuda de particulares, no solo logró encontrar a sus seres queridos y despedirlos, sino que también decidió ayudar a sus vecinos.
Su carpa azul está a pocos metros del edificio donde vivía con su madre e hijos: en el piso 1 de la OPP26 torre B, un conjunto residencial que creó el Gobierno del fallecido Hugo Chávez bajo el proyecto Misión Vivienda Venezuela a inicios del año 2000 luego del deslave en esta misma región del litoral central que, para ese entonces, se llamaba estado Vargas.
En ese edificio vivió Gabriela con su familia durante casi 15 años, una vivienda de la cual nunca obtuvo los documentos de propiedad: “esa vivienda no las dio el Gobierno, pero no teníamos los papeles de la casa. En su momento tenía un valor de 200 Petros (nombre de la criptomoneda venezolana) e hicieron una protocolización de la vivienda. No éramos los propietarios, sino un tercero”, dijo en una entrevista que ofreció a Espacio Público.
Pese a la pérdida en esta tragedia, no deja de agradecerle a Dios porque considera que le da la fortaleza para seguir. “Mi mamá era una persona muy creyente, yo no iba a la iglesia, pero desde el día del terremoto me arrodillé ante Dios para que me diera fuerzas y fuese su voluntad y no la mía porque son cosas que pasan. Uno no puede renegar de Dios”, asegura con su voz pausada.

Denunció la falta de ayuda gubernamental
No obstante, mientras luchaba por recuperar a sus seres queridos, Gabriela también denunció la falta de ayuda gubernamental en la zona: pensó que al día siguiente del terremoto estarían todos los cuerpos de emergencia activos en la recuperación y rescate de las personas y no fue así.
Gabriela trabajó durante varios años en la Alcaldía de Vargas. Un video que se difundió en las redes sociales mostró su indignación por una promesa que no llegó: pidió ayuda a su jefe, el alcalde de la entidad, quien le prometió llevar unas maquinarias para iniciar con el proceso de rescate y no lo hizo. Esto le costó que recibiera hostigamiento a través de las plataformas digitales y hasta la “visita” de unas personas vestidas de negro que llegaron en un vehículo sin placas.
“Yo era funcionaria activa de la Alcaldía de Vargas y necesitaba ayuda directa del alcalde. Se la pedí porque yo era parte de su equipo político y parroquial de aquí en Caraballeda. Conocí y ayudé a muchas personas y, en estos momentos tan difíciles, la gente me ha buscado, me preguntan cómo estoy. El que siembra, cosecha”, dice con una sonrisa.
La acusaron de mentirosa
Recuerda a su madre, Gladys, y se le quiebra la voz. Dice, entre lágrimas, que la extraña mucho. “Mi mamá siempre decía que había que hacer las cosas bien, de corazón. Mucha gente me ha ayudado y estoy agradecida. Eso es lo que nos caracteriza a los venezolanos: el agradecimiento y sin esperar nada a cambio. Eso lo aprendí de mi mamá, ella tenía mucho temple”.
“Pensé que por mi trabajo, al que le dediqué tanto tiempo, iba a recibir la ayuda inmediata. No solo pedía para mí, sino para todos, pero la ayuda llegó muy tarde y después de una entrevista que reposteó La Verdad (un medio de comunicación) por una denuncia que hice, me atacó el equipo político del alcalde a través de las redes sociales diciendo que yo mentía y que cómo se me ocurría hablar mal del alcalde, que todo era falso”, agrega.
En ese sentido, Gabriela piensa que por decir la verdad o denunciar, no debería recibir ataques. “Yo dejaba a mis hijos por mi trabajo”, confiesa y a la par agrega que tras el terremoto perdió el miedo.
Ella no estaba en su casa al momento del doble terremoto. Iba de regreso a su apartamento cuando el movimiento telúrico la sorprendió, pero al llegar a la residencia no esperaba encontrarse con lo que vio al llegar: todas las torres estaban derribadas.“Yo tenía fe y aun la tengo, le pedí a Dios para conseguir a mi familia. Siempre fui muy temerosa, me daba miedo la oscuridad, dormir sola, y cuando nos tocó vivir esto, perdí el miedo. Vi morir gente porque pedían ayuda y no teníamos las herramientas. Me molesta que el Gobierno no tuvo una respuesta inmediata y que por uno decir la verdad, por pedir ayuda lo quieran callar a uno”, afirma.
Personas vestidas de negro la buscaron
Gabriela añade que su hija recibió una llamada desde el Gobierno de Caracas. Le preguntaron por su madre y en cuál refugio estaba. Su hija no dio información alguna y alertó a su mamá sobre ello.
Posteriormente, durante una de las noches de trabajo en las OPP, decidió bajar hasta donde estaba su carpa y notó la presencia de un vehículo sin placas. Sus vecinos también la alertaron de que unas personas vestidas de negro habían llegado a la zona preguntando por ella.
“Me quedé aquí abajo y esperé un rato. Se fueron, pero la gente estaba pendiente porque estas personas me buscaban por unas denuncias que hice. No volvieron más”, contó y dijo que siguió denunciando la irregularidad con la que trabajaban las máquinas (grúas) en la zona, entre esas, las que llaman Jumbo, porque es una especie de pala que aplasta y recoge lo que toma a su paso. “Denuncié eso porque sacaban los cuerpos como fueran y dije que esas personas son seres humanos. Por eso decidí no rendirme, porque eran mis vecinos y amigos.
Además de esta situación, Gabriela cuenta que en su carpa tenía tres teléfonos celulares: el de su mamá, el de su hijo y uno que estaba partido, pero que en una noche estando sola decidió sacar su chip para poder usarlo en cualquiera de los equipos ante una emergencia y se dio cuenta que faltaba un teléfono: el de ella. “No me robaron ninguna herramienta, solo mi teléfono. Lo único que lamento es que tenía fotos allí de mis hijos y audios de mi mamá”, expresa.
Para esta joven madre, denunciar la falta de atención o de respuestas no debería ser motivo de persecución ni amenazas. También recibió el cuestionamiento de otras personas que le expresaron que tuvo que ocurrir este terremoto para que abriera los ojos. “La gente no sabe a fondo las cosas, aquí en La Guaira no hay fuentes de empleo. En su momento, los empleos mejores pagados eran los de la Alcaldía, la Gobernación o el Puerto, aunque ofrecían una seguridad a medias”, dijo, y además ella era el sustento principal de su hogar.
Hostigamiento a quienes piensan distinto
“Aquí en La Guaira hay mucho hostigamiento por parte del Alcalde y del Gobernador cuando piensas de manera diferente, cuando hablas de la realidad de lo que está pasando. Ellos usan mucho las redes y todo aquí es una foto y un video. En una oportunidad denuncié eso, que vienen es por la foto. Ves a los funcionarios del Cicpc perfumados a tomarse fotos y hacer ver que hacen algo. Nunca se metieron en los huecos para ayudar”, expresó.
Además de enfrentar esta tragedia, Gabriela, como muchas otras personas, tuvo que realizar los trámites para trasladar los cuerpos de sus seres queridos y completar el proceso de reconocimiento en Los Silos, lugar donde le pidieron las partidas de nacimiento de sus hijos, hecho que también detonó la indignación de Gabriela porque sencillamente no tenía esos documentos tras perderlo todo. “En el caso de su hijo Gabriel, le exigieron que fuera al liceo para que le entregaran una copia de la cédula.
“Ahí perdí la cabeza y les dije un montón de cosas, que debían tener empatía. ¿De dónde iba a sacar yo eso? Luego cuando encontré a Anthonella (su hija más pequeña) y traté de no hacerlo público por todas las denuncias que hice y hostigamientos que recibí, pero con mi pequeña tomé el riesgo y la llevé en la noche. Le tomé fotos a todo, porque tenía miedo de que extraviaran su cuerpo. Al día siguiente, también me pidieron su partida de nacimiento. ¿Quién va a querer pasar por eso? Cinco veces fui porque perdí cinco familiares”.
Se quiere ir de Venezuela y seguir ayudando
“Me quiero ir del país, estoy tratando de solucionar eso aunque tengo el riesgo de que me apliquen el ‘bloqueo de funcionario’, eso lo hacen cuando alguna persona está en contra del Gobierno y no le permite sacar sus documentos. Eso se lo han hecho a otras personas”, aseguró.
(Se acerca Diego, un vecino de Gabriela), la saluda, conversan y toma algunas herramientas…
“Él es Diego. Me ayudó a sacar a mi mamá y a mis hijos. Yo hice una familia aquí en medio de la tragedia y la familia no te abandona”, dice en medio de la bulla del tránsito de los camiones, carros y motos en la zona.
Este doble terremoto y el tesón para recuperar a su familia y otras personas, Gabriela no solo perdió el miedo, sino también aprendió a luchar con todo a su alcance, en su carpa cuenta con varias herramientas: martillo, esmeril, pala, pico, serrucho, tobos, entre otros elementos necesarios para la remoción de escombros. También tiene guantes, alcohol y tapabocas para todo aquel voluntario que se sume a las labores en la OPP26.
“Nunca me imaginé estar metida en un hueco pasando un cable, una piqueta”…
“Si Dios quiere y me lo permite seguiré ayudando a donde vaya, bien sea aquí o afuera. Dios tiene un propósito para cada uno de nosotros y, aunque nadie está preparado para una muerte inesperada, cuando una madre se queda sin hijos no hay una palabra que lo defina. Solo Dios sabe el por qué y para qué”, expresó.
Gabriela pide empatía al Gobierno
Al hablar de la responsabilidad del Estado, Gabriela recordó que los venezolanos “tenemos deberes y derechos”, que se pagan impuestos que debieron cubrir la emergencia que causó el doble terremoto. “Los bomberos no estaban equipados”.
Ante esto, pide al Gobierno actual que tenga más empatía, que sea menos burocrático, que deje a un lado las fotos y videos, se pongan las botas como lo hizo ella y trabajen, así como también dejar el amedrentamiento a las personas que piensan diferente.
“Somos seres humanos que merecemos ser escuchados. Aquí la gente ya no tiene miedo de hablar, la gente perdió el miedo”, culminó esta venezolana, cuya fe aumentó ante la tragedia y tiene el firme compromiso que su lucha por ayudar al prójimo es su misión en esta nueva etapa de su vida.